correo central

correo central
Edificio de 1908

jueves, 14 de mayo de 2015

La tarjeta postal

La aparición de las tarjetas postales fue un fenómeno de gran importancia en la historia del correo. En el año 1869, se inició en Austria la emisión de postales que en sus inicios eran cartulinas de colores café claro, diseñadas solamente para escribir, aunque prontamente empezaron a llevar imágenes. Se le atribuye la invención de la tarjeta postal al austriaco Hermann, catedrático en la Academia Militar de Wiener-Neustadt. En septiembre de 1869, el barón Adolfo Maly, director de Correos austriaco, firmó el decreto que autorizaba la circulación de tarjetas postales. La idea tuvo gran éxito y para 1871 ya habían adoptado la naciente tarjeta algunos países como Alemania, Inglaterra, Suiza, Prusia, Bélgica, Holanda y Dinamarca. En España comenzó el 10 de mayo de 1871. A partir de entonces, innumerables artistas reprodujeron sus obras en postales, a pesar de que era mucho mayor la representación de paisajes, flora y fauna y artes decorativas, incluso la postal de carica - tura satírica y política. Hay además gran profusión de postales eróticas que circula - ban privadamente entre los varones. Y, por supuesto, las emotivas. A partir de 1870, en Alemania, el litógrafo Miesler comienza a hacer tarjetas postales ilustradas, y en 1872, en Suiza, el artista Borich realiza hermosos dibujos sobre tarjetas postales. Más tarde, en 1892, la casa Hauser y Menet, en España, repro - duce fotografías sobre postales gracias a la técnica de la fototipia. Pero es en 1900 cuando la tarjeta postal ilustrada se socializa a tal punto que surge la idea del coleccionismo. El escritor E. S. Turner cuenta en “La historia de la galantería” que “la fotografía se hallaba en sus comienzos, pero no estaba lejano el momento en que los enamorados podrían transportar sobre su corazón la imagen del objeto amado y empañarla con sus suspiros. Entretanto, la litografía hacía sus veces. La industria de las tarjetas de felicitación habilitó una enorme canti - dad de recursos para facilitar los encuen - tros amorosos y estimular las aspiraciones de los protegidos de San Valentín. Con la moda de los `corazones unidos y sangran - tes´ se da el primer paso hacia la indolen - cia del enamorado, que confiaba a otras manos la tarea de adornar sus sentimien - tos. Hasta entonces, el amante dibujaba y decoraba el testimonio de sus amores y lo llevaba personalmente hasta la puerta de su destinataria. A partir de la era victoriana prefirió elegir un mensaje ya confeccionado, y deslizarlo en el interior de un buzón por una suma despreciable”. 
El escritor Rubén Darío comentó acerca de las bondades de la tarjeta postal en un artículo publicado en “La Nación” de Buenos Aires, en marzo de 1903: “Cuando vais en viaje, por un lejano país, muchas veces no os es fácil el escribir una carta a tales o cuales personas de nuestra afección; y una o dos palabras puestas en una tarjeta postal ilustrada que echáis en el próximo buzón, llevan vuestro recuerdo con la imagen del paisaje o del lugar en que escribís. Por eso en todos los puntos de la tierra a que la Agencia Cook conduce sus caravanas encontraréis en abundancia los puestos y tiendas de tarjetas con las variadas fotografías de los monumentos, curiosidades, personajes célebres y demás particularidades de la ciudad o pueblo, desde la recóndita China hasta la clara Italia, desde las pirámides hasta el país del Sol de medianoche. Hay otra virtud en la tarjeta postal ilustrada y no la menos interesante como comprenderéis. Por ley de la moda, una señorita que no podría escribir cartas a un caballero de su simpatía sino a furto, a escondidas de sus padres, corresponde con él libremente, si se le antoja, por medio de la propaganda cartulina. Y aún la cartulina misma, con el simbolismo de sus flores, o de sus figuras, suele decir más que un largo pliego”. Rubén Darío, quien además fuera empleado de Correos en Buenos Aires, según él mismo ha contado, agregó también en esa oportunidad que “la vida actual, sobre todo, esta vida europea y en particular la de París, hace imposible la correspondencia epistolar. Y es lástima, porque un Voltaire o una Sévigné de la época, dejarían perdido lo que de otro modo habría sido aprovechable (…). Si antes se recibía una carta hoy se reciben 50 tarjetas postales. La emoción que produce la llegada del cartero es repetida. Además, la tarjeta postal puede llevar, como he dicho, el paisaje, la reproducción del lugar en que se encuentra la persona amada; y ahora que la fotografía también está adoptada como uso elegante, y que uno mismo se puede hacer a su gusto sus tarjetas postales, la comunicación, si escasa por la palabra, es más elocuente por la imagen. Es la ilusión de la presencia, y si es cierto que, según la teoría ocultista, en la reproducción de nuestra imagen por la luz queda algo de nuestro ser interior y misterioso de nuestra alma, la tarjeta postal fotográfica es el ideal de la correspondencia sentimental y amorosa”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario